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18 de octubre de 2008

Jeremiah Johnson hallado en una acequia

HAMBRIENTO, CON UNA FLECHA en el hombro y con claros de síntomas de hiportemia. Así fue como Salvador Sepulcre, el Niño Perro de Matola, se encontró al legendario trampero norteamericano, Jeremiah Johnson. "Aquella mañana había algo especial en el ambiente", declaró el chaval. "Andaba yo olisqueando unos viejos extrementos por la finca del tío zurdo cuando, de pronto, me invadió una extraña sensación. Algo invisible se movía por el aire. Poco después, debajo de un verdal, percibí claramente un fuerte olor a oso pardo. '¿Ursus arctos?', me dije extrañado. "Luego fueron apareciendo más y más piezas del puzle: una pluma de águila, un explorador congelado y la tumba apache, claro. Me santigüé y seguí mi camino atenazado por la inquietud y el desasosiego. Un poco más alante, junto a una vieja acequia abandonada, escuché la banda sonora. Y, entonces, noté una mirada penetrante, que era dura y hermosa al mismo tiempo. "Me giré y ahí estaba, apuntándome con su rifle. En silencio. No abrió la boca pero el mensaje era el claro: 'Como hables/ladres, eres niño/perro muerto'. No tardé, empero, en ganarme su confianza. Le curé de sus heridas, y le di aigua y una ñora seca, que escupió al suelo con repugnancia. A mí, sin embargo, me gustó mucho su alce ahumado. 'Te llamaré Caleb', me dijo 'y aprenderás la ley de la montaña'. Le expliqué que yo ne tenía dueño, que lo mío era ir a mi aire, en libertad. "Y entonces, sonrió".